La clase: buen profesor en colegio con alumnos adolescentes conflictivos…en este caso en un colegio francés.

“François termina su café con expresión preocupada. Entra con aprensión en el recinto donde va iniciar en apenas unos minutos su temporada laboral. Intercambia nerviosamente con sus colegas apreciaciones insólitas sobre las personas que habrán de tratar a lo largo del año: “Éste es simpático… ésta no es nada simpática… con aquél ten cuidado”. Cualquiera pensaría que François y sus compañeros trabajan como funcionarios de prisiones o celadores en un psiquiátrico. Pero son profesores. Claro que en un instituto del siglo XXI.

Aún en mayor grado que Gomorra, La clase aspira a que el espectador no pueda diferenciar entre los aspectos creativos achacables a la pura realidad y los propios de la mejor ficción: el director Laurent Cantet, que ya había explorado los mecanismos sociales que conforman nuestro presente en las muy recomendables Recursos Humanos (1999) y El Empleo del Tiempo (2001), se inspira en esta ocasión en el libro autobiográfico de un profesional de la enseñanza, François Bégaudeau. Bégaudeau ha intervenido también en el guión junto a Cantet y Robin Campillo y, además, se interpreta a sí mismo en pantalla, aunque mediatizado por una estructura dramática en la que caben, pese a todo, improvisaciones: tanto las suyas, como las de los jóvenes a quienes imparte lengua en la ficción; jóvenes que en algunos casos ostentan sus nombres verdaderos…

A que tan complejo entramado expresivo, que barre con las distinciones entre documental y recreación, alcance el máximo nivel de verosimilitud, contribuye la filmación en un instituto parisino con tres cámaras de alta definición, que multiplican los puntos de vista en las clases de François y propician una sensación de gran inmediatez. Cantet hace así del aula donde transcurrirá buena parte del metraje (título original, “Entre les murs”: Intramuros) un microuniverso; un espacio dialéctico a la vez concreto y abstracto donde tienen la oportunidad de saltar a la tarima los retos que debe gestionar hoy por hoy Francia, o cualesquiera otras sociedades de nuestro entorno mediatizadas por lo multicultural y la desestructuración. Adquieren especial relevancia el hecho de que la asignatura que imparte François sea, como ya se ha dicho, lengua —con lo que ello implica en cuanto a (in)comunicación entre profesor y alumnos—, y que se cite “La República” de Platón —guiño al estatus político del país galo y a las doctrinas socráticas sobre la instrucción ideal de los seres humanos—.

Pero, ¿qué puede concluirse de las polémicas anécdotas que jalonan el curso académico abarcado por La clase? ¿Qué pensar de los enfrentamientos del desorientado François con su monstruoso alumnado? Cantet, como el director de Gomorra, Matteo Garrone, afirma que su misión no es brindar explicaciones. Mucho menos soluciones. ¿Basta entonces con el retrato de un ámbito en el que reinan la falta de autoridad y confianza entre los docentes, y la indisciplina y la mala fe entre los alumnos? El problema de inmersiones en la realidad tan profundas como la de La clase es que terminan por adoptar como propios los postulados arbitrarios, indiferentes y posibilistas que rigen aquella.

Si, como obra de arte (y, sin duda, La clase lo es) la película no tiene la ambición de extraer el sentido secreto y comprometedor de cuanto refleja, ¿cuál es su función? ¿Servir como objeto de debate en foros públicos tan prestigiosos como estériles? En un momento del film, François es acusado por otro profesor de querer comprar con su talante relativista y conciliador “la paz social”. Otro tanto podría decirse de La clase, hábil para plantear muchas preguntas “necesarias” que le den crédito frente a las autoridades que han subvencionado su existencia, pero cobarde o incapaz de apuntar ninguna respuesta que censure sin medias tintas sus políticas o las irresponsabilidades de los individuos. De los votantes. Y la chiquilla que en uno de los últimos planos de la película confiesa aterrorizada a François que no ha aprendido nada, que no sabe qué hace en el instituto, necesita algo más que dialéctica. Su futuro, su vida, están en juego.

Estas reservas, como la constatación de que las estrategias formales de Cantet llegan a ser reiterativas y a agotar, no deberían despistar al espectador sobre las calidades globales de La clase, una magnífica película que engrosa el largo listado de títulos franceses sobre la educación que han enriquecido el acervo sociocultural de aquel país, dejando bien claro su vitalidad. Las comparaciones, una vez más, con lo que sucede en el cine español, son sangrantes.

Lo mejor: La extraordinaria calidad de todos sus aspectos técnicos. Como cine, ‘La Clase’ no tiene desperdicio.

Lo peor: Su ambigüedad o cobardía a la hora de hacer algo más que describir con precisión una coyuntura determinada.”

Gracias a Diego Salgado por su crítica: http://www.cine.fanzinedigital.com/4285_1-La_clase.html

Para conocer algunas críticas más pinchen en los siguientes enlaces:

http://www.cinematical.es/2009/01/15/critica-la-clase/

http://www.muchocine.net/criticas/8829/La-clase

http://www.blogdecine.com/criticas/la-clase-la-carcel-de-la-ignorancia

Ana dice: A mí me pareció la típica americanada de profesor novedoso en colegio con alumnos conflictivos con los que nunca ningún profesor tuvo éxito hasta que llegó él/ella y consigue transformarlos en excelentes personas, descubriéndose que, en el fondo, eran muy buenos niños (véase “Mentes peligrosas” o “Sister act 2. De vuelta al convento” por poner un par de ejemplos).

La única diferencia que le veo al compararla con el resto de películas de la misma temática es que, en “La clase”, el profesor no consigue nada, los niños continúan siendo como eran: problemáticos.

Lo que me gustó a mí de la película es la manera de rodarla tipo documental, se veía muy real, muy auténtica; pero, por otra parte, la historia me pareció vacía, no me dice nada, lo veo como si me grabaran a mí un día en el trabajo haciendo lo que hago: para mí puede que sea interesante, pero, desde luego que, al resto de la gente no le interesaría nada.

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